Conciencia tranquila

La Opinión De

Por: Mariano Espinosa Rafful

26 de Junio de 2019 a las 08:30

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#SiempreHayOtros

Lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa es en ella una maravilla.

G.k. Chesterton

En el tránsito natural de la existencia y sobre todo en la exigencia de la vida se debe tener memoria, más allá de lo posible, de lo mundano, las lealtades se construyen en escenarios atípicos, pero con los esfuerzos compartidos, y además con las oportunidades que se provocan, vamos sumando en esa loable aspiración de llegar a la cima.

Somos animales racionales, además de pensantes, propositivos, tejemos en el día a día esa concordia de salvedades, sin daños colaterales, casi siempre en el presente que vivimos, cada instante es un sorbo de enseñanza, con los semejantes que nos permiten ser parte de procesos de aprendizajes.

La educación de los años maravillosos después de la Secundaria Federal en Ciudad del Carmen, nos impulsó con un dinamismo en otras latitudes, pensamientos sin recovecos, respuestas sin mirar al cielo o sentirnos superiores.

Siempre la música clásica fue el antídoto para discutir, nos enfrascábamos en pláticas con análisis de casi todo, porque antes se leía más, se comprendía el mundo alrededor de nuestra conciencia, esa que hoy habita en paz junto a nosotros, sin ningún tipo de resquicio de maldad o de venganza.

Hoy estamos ante una realidad que nos provoca algarabía, porque hacemos y disfrutamos de la vida como en ninguna otra etapa, somos parte de ese andamiaje de sonrisas que contagian, somos una generación que se consolida en el esfuerzo continuo, donde el trabajo es sinónimo de bondad, que nos permite salvar todas las planas posibles.

Recordar pasajes de la adolescencia, sin problemas que interrumpieran nuestros sueños es algo que llevamos tatuado en la piel hasta el último aliento de nuestra existencia.

La gran Ciudad de México de los años setenta, hacia contraste con mi terruño, ahí donde nacimos y provocamos angustias en la niñez por las travesuras, pero además hemos ido alimentando el idealismo, sin fronteras, sin ningún tipo de tope u obstáculo; frontales, realistas, naturales, pero sobre todo honestos a carta cabal con nuestro pensamiento, en un modernismo que confronta a la histeria.

En la inmensidad del asfalto éramos uno más, en las restas, las sumas y multiplicaciones, y nos atrevimos a cruzar líneas imaginarias, y así fuimos y venimos desde la Isla en tres ocasiones, que nos marcaron sobre todo ésta última, de 1999 a 2006; en esos altibajos donde nunca te dejan de enseñar los mayores, los hijos, la familia, y por supuesto los amigos que se cuentan pocos por cierto.

Nada somos sin los baluartes de la oportunidad, en esa educación que edifica en equipo, que no deja nada para después, sin distractores, en las suertes de navegar con brújula a puerto seguro.

Nos despedimos de lo que no nos sirve, de lo que nos estorba, pero extrañamos a los amigos adelantados en ese infinito desconocido, ahora somos menos, pero impensable no admitir que siempre hemos sido auténticos.

Ni la izquierda ni la derecha, sino la palabra, esa que valoramos frente a frente, por las respuestas a bote pronto, por los sabores de la vida a mis años, por los detractores que siempre restan y se van quedando en el anonimato.

De piel morena en una anécdota infranqueable de 1979, que algún día narraremos, porque marcó tiempo y circunstancia que hoy habita en Ciudad del Carmen, a la cual quiero y respeto, por tantas vicisitudes vividas.

Nos vamos sin comparaciones hasta el otro extremo, proponiéndolo por supuesto, porque las decisiones no se comprueban me escribiría una de mis conciencias más añejas de la Isla de aquellos encantos, porque no tiene que dolor para que exista, sin ensayos, las escenificaciones son legítimas, y nunca se acomodarán del todo a los caprichos de la existencia.

EN PRIMERA LÍNEA

Hay días que marcan en la vida, los hay grisáceos o nublados, fríos o en solitario, pero también en la solidaridad y la empatía de un mejor mañana.

Siempre será más factible construir para contribuir, que deambular en la existencia de la rutina y la queja, esa que siempre se estrellará contra un muro infranqueable.

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